martes, 10 de diciembre de 2013

Diario de un escritor

Era producto de mi imaginación enfermiza buscar los rostros de mis personajes por la calles más transitadas de la gris ciudad, siempre estaba a la expectativa, y con la sensación angustiante de que sí era posible que existieran  en esta realidad difícil y triste aquellos seres imaginarios que habitaban en las paginas de mi diario en mi mente y en mí.


Muchas veces salí de casa con la certidumbre de que encontraría a Azula. Un día corrí a toda prisa hasta llegar al parque central, en donde creí que la había matado (aunque en realidad no fui yo, sino mi pluma), su muerte vino como un desenlace fatídico para mí, lo escribí con tanta furia que no conseguí paz hasta poner el punto final. Después, cuando el proceso catártico había al fin terminado, y con e corazón quebrantado, lloré hasta el amanecer, pero para la mañana siguiente ya la había enterrado en las profundas tierras del olvido y su recuerdo solo aparecía en la pesadillas turbias de las noches de coñac.



Tan pronto como llegue a aquel parque supe que ya nunca la lograría ver, pues para verla de nuevo, debía cruzar el umbral de la vida y por ahora no estaba en disposición de dar mi vida ni por ella ni por nadie;  porque no hay nada más importante que la vida misma y todos aquellos que aseguran se capaces de dar hasta su propia vida por la persona amada no son más que unos pretenciosos, unos romanticos trasnochado, a los que el sueño del amor no les deja ver claramente la realidad.



Pero no es por miedo a la muerte o al amor que escribo estas líneas, sino porque más allá de la razón y la imaginación, he logrado algo aparentemente imposible: unir la realidad y la ficción de un modo casi lunático. 



Fue en uno de esos días en los que mi vida se tornaba monótona y aburrida, y cuando mis alteregos no daban para más, que empezaron a aparecer frente a mí uno a uno los personajes que había tomado prestados de los libros de Hesse, de Waltari, de los de Camus, de los Proust; y así me encontré de pronto con Harry, con Armanda, con Sinuhé, con el cómico Kapta y con otros muchos personajes verdaderamente atormentados. Fueron tardes maravillosas, en las que inventaba monólogos difíciles, en las que jugaba a ser otro, en las que me sentía menos sólo... fue en una de esas tardes malditas que conocí al amor de mi vida, ese que ya nunca jamás se olvida, y fue por él que casi pierdo la poca lucidez que en ese entonces tenía.



Azula no era un personaje más de un libro, no, ella era única, no era fruto de la fantasía de ningún otro escritor, era mía, sólo mía y no sería la protagonista de otra historia sino de ésta. Ella me venía desde lo más profundo de mi ser, como queriendo darse, como queriendo nacer,y así fue. Azula tenía un aura especial, no era un ser como cualquier otro, no, ella se movía entre lo mágico y lo real. A veces cuando aparecía en mi habitación me reclamaba por los finales felices, no había nada en este mundo o en los muchos otros que ella solía visitar que odiara más que un final feliz. 



Ella era así, fría, cruel, misteriosa, intrigante, bella y a veces dulce. Desde que la vi por primera vez supe que la amaría hasta el último día de mi vida, pero también comprendí que un amor tan desmedido como ese me podría llevar a la muerte o la locura, por eso resistí lo más que puede, pero al final me deje embriagar por su amor y su belleza. Y esa fue mi desventura.




Azula había logrado en mí lo que nunca nadie nunca jamás habría podido imaginas: había hecho de mí un hombre feliz, pleno y medianamente bueno, pero ese hombre en que me había convertido no era yo, y por esa misma razón la felicidad que me proporcionaba no podía ser real, pues no correspondía a mi verdadera esencia; ella estaba acabando con mi naturaleza sobria e implacable, poco a poco y por su culpa, yo estaba perdiendo mi identidad y eso era algo que no me podía permitir, y fue por ese motivo que tuve que matarla, aunque nunca lo hubiese querido ni pudiese perdonármelo, así lo hice, tuve que hacerlo... y así fue como desapareció para siempre, como si nunca hubiese existido, como si yo me lo hubiese inventado todo, como si se tratase sólo de un sueño. 



Aunque ella ya no esté aquí yo sigo encadenado a su amor, y su amor me duele más que su ausencia, el saber que todo fue mi culpa solo aumenta la pena ¡cuanto daría por tenerla de nuevo entre mis brazos! ya es tarde para ensoñaciones inútiles. Ella se fue para nunca más volver.

Pasan lo días y las noche mientras la vida sigue ahí, suspendida para mí... y sólo me queda esta espera que me ha arrojado al infierno de la desolación, y se lleva mi alma sin ninguna compasión, y esta maldita espera que me trae una y otra vez la misma idea siniestra, de que tal vez quien murió no fue ella sino yo. 









  

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