domingo, 29 de diciembre de 2013

Catarsis

Trabajaba desde el anonimato absoluto. Dando lo mejor y lo peor de sí mismo. Lo entregaba todo, y aún así sabía y disfrutaba de la idea de que total no le valdría para nada. Porque ser feliz mediante el dolor, y lograr convertir ese dolor en felicidad solo valen para uno mismo. Es de ese tipo de felicidad que tiene que ser egoísta.

Primero iniciaba con el ejercicio de la resta. Se servía de él, de sus máscaras, de sus alegrías y de sus penas. Recordaba su miseria y se servía también de ella. Todo lo sometía a una misma hoguera y cuando sentía que él mismo se fundía en su propia inversión, era más feliz que nunca. Nadie podría disfrutar más que él de aquel ejercicio liberador, tantas veces improvisado...
Luego, cuando se quedaba sin nada más que las cenizas y el silencio otorgado por algún dios después de conjurar a mil demonios, empezaba con el ejercicio de la suma. Siempre tratando de volver a ser el mismo, pero por mucho que lo intentara o que lo quisiera no podía, él lo sabía. Esos juegos siempre son peligrosos, y quien los juega ya nunca más puede volver a ser quien era. 

Él así lo quiso, fue su decisión -o su destino-. Era su condena, estaba irremediablemente obligado a ser escritor.  

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