sábado, 23 de febrero de 2013

Dicotomía entre noche y día

Anoche durante la tormenta más oscura que he visto en toda mi vida, experimenté (no sé si en realidad o por ensueño) los más grávidos horrores y profundos temores. El dolor que se me presentaba sin mascaras ni antifaz, sino tal cual como es en realidad: Insoportable, Intolerable, era para mí como un monstruo colosal con grandes y afiladas garras, que se mostraba placenteramente cauteloso, su mirada y su sonrisa maquiavélica y casi demoníaca me inspiraban terror, sentía la impotencia de verme allí, horrorizada, junto a él sin saber qué hacer. Era una de esas batallas que saben a muerte metafísica ( la más temida y tremenda de todas).

Él atacó primero, con toda la furia y el rencor reprimido por tanto tiempo y a mí me dolió existir como nunca antes pensé que fuera posible, era como estar en medio de un gigantesco hoyo existencial en el que solo había miedo, soledad y culpa. Desde el primer momento en que sucumbí ante él supe que la derrota era inevitablemente para mí, pero aún así seguí, las horas transcurrieron al compás de mi angustia y desesperación, por cada minuto que pasaba había un pequeño estallido en lo más hondo de mi alma, sabía que en cuanto viera la luz del sol el tormento se alejaría, por lo menos durante algunas horas... y eso era suficiente para seguir con vida.


La batalla seguía su curso, el dolor se abría paso por los caminos de la victoria y yo del otro lado, en medio de la derrota inminente, abatida por el cansancio de una lucha sin tregua ni posibilidad de ganar, quería poner fin a todo este absurdo, estaba al borde de la muerte, había sobrepasado los limites inhumanos para resistir, me quedaba sin aliento y sin ganas de seguir, otra vez la discusión interminable sobre si debía acabar o no definitivamente con mi tormento cuando por la fortuna de algún extraño devenir logré conciliar el sueño, y las horas ineluctables como siempre pasaron con su ritmo arrasador.


Al despertar, toda la habitación parecía resplandecer con una claridad que venia de otro mundo ¡Al fin había terminado la más hórrida de todas las pesadillas! Sentía paz y alivio, y después de esos momentos amargos volví a sentir la felicidad de existir.