miércoles, 10 de octubre de 2012

Pieces of me

Un poco de “you make me wanna lala”, del sonido de las ruedas deslizándose por la subidita de la esquina, unos cuantos flashes imaginarios de la cámara vieja, unas cuantas flores amarillas en la cabeza, el olor a pintura fresca, el ronronear de coco, las lagrimas por Mr, payacita, pity… la cehvichería con olor a camarones crudos, la salsa ultrasecreta del abuelo, las mañanas en pijama, el sol frente a mí y la sensación de que el día apenas comenzaba y que podía hacer todo cuanto quisiera.Mi hermana María Angélica, mi prima Paula, mi prima Karina y las vecinas de la casa del frente Daniela y María José. Lo recuerdo como si estuviera pasando ahora mismo. Ya, en este preciso instante, que sí es eterno porque vivirá en mí para siempre.Con ellas, esas compañeras incansables, con las que me deslizaba en mi patineta a la que llamábamos “patiboy”, él, el único chico en ese mundo de chicas gritonas. Nunca podía faltar la silla de madera sobre la patineta, María José atrás, Karina y Daniela al frente, y yo en la silla, yo era la que maniobraba pirueta. No sé por cual arte del devenir estelar ninguna resulto herida, pero lo que más me inquieta ahora es que nuestros padres nunca nos lo prohibieron.Así pasábamos las tardes: riendo, cantando, jugando, hablando por celulares en desuso, tomando fotografías que nunca existieron y viendo películas. Pero tal vez el juego insignia era el de tratar de identificar el titulo de una canción, una tarareaba y las otras intentaban adivinar el artista y el tema.Fueron sin duda tiempos felices, bajo el régimen diario de las paletas con sabor a limón, los chocolates, las galletas, las golosinas… y ¡cómo no! Los inolvidables miércoles de helado que auspiciaba el abuelo. Aquellos días no pudieron ser mejores de lo que fueron, en “pisaplnet” nuestro escondite favorito, que era una clase de “heaven is a place on earth” en donde éramos libres y felices, en un ambiente tropical como sólo podría compararse con el paraíso: sin preocupaciones ni responsabilidades.Pero como todo en la vida, los buenos momentos no duran mucho. Nuestras vecinas de siempre Daniela y María José se mudaron de casa, algunas veces iban a visitarnos... ¡Ahh el Altico, el legendario Altico! Después quienes siguieron con la mudanza fuimos nosotros, mi familia se traslado a otro barrio de la ciudad, cuyo nombre no recuerdo y pocas cosas gratas tuvieron que pasar allí para que así fuera.Gran parte de mi familia vive en el Altico: mis primas, mis abuelos, mis tías, mi bisabuela y las vecinas amigas de mi mamá que son ahora como mis tías políticas. Todos ellos, allá. Aún cuando paso por esas calles adoquinadas que tienen tintes alegres en el aire y donde las flores tienen las tonalidades más fuertes de todo el mundo no puedo dejar de sonreír y recordar lo feliz que allí fui.

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